domingo, 18 de enero de 2009

Se ha publicado (II)

LA NOVELA DEL CASTRO
(José Luis Campal, El Comercio)

Vuelvo sobre la novela ASTUR de Isabel San Sebastián, a escrutar en su urdimbre. La obra tiene poca descripción paisajística de estilo realista, ya que la escritora se deja llevar por el arrebato hiperbólico y las imágenes metafóricas y extenuantes, con un uso constante del color y la gama cromática: «nubes plateadas», «blancas cumbres», «roca grisácea», las matas de brezo son de color «amarillo, blanco y rosa», la luz del atardecer es «anaranjada».
Se detiene, con igual transparencia, en el dibujo de dos aspectos antagónicos: 1) los lances sexuales y todo lo relacionado con la carnalidad, la sensualidad y el deseo, si bien en lenguaje más figurado que explícito; y 2) las torturas físicas y muertes infligidas a traidores y bandidos, aquí con bastante lujo de detalles y de forma descarnada, como al contar casos de degüello o las violentas sangrías, sin piedad ni miramiento, sobre las tierras sedicentes.
El retrato de personajes se hace con referencias de calado poético y con duras reprimendas morales, o mediante la monumentalidad heroica de los guerreros, aludiendo a su descomunal complexión. Acuden con demasiada frecuencia a la pluma de San Sebastián conceptos como honor, nobleza, valor, respeto, orgullo. Los protagonistas están llenos de dudas y se interrogan frecuentemente sobre sus actos, el significado de ellos y el camino que deben seguir. Incertidumbre propia de un tiempo de cambio e inestabilidad. Además, los actores de la trama histórica se desgastan conforme avanza la novela, pierden energía hasta su consunción total.
ASTUR nos propone una visión crítica del pasado, ya que desnuda la podredumbre de la administración política y judicial. Se pone el acento en la acusación de ambición, egoísmo, codicia, insensatez, cobardía y traición. Se traslada al lector la brutalidad del poder: sucesión al trono, intrigas y compra de votos, alcance de la venganza latente entre los siervos y nunca aplacada. Encierra un dibujo de la guerra, las campañas, los botines y las resoluciones militares implacables, y una denuncia de la insensibilidad de las batallas, que se convierten en labor rutinaria, aunque experimentando al tiempo un respeto e identificación con el otro o mostrando cansancio y hastío por lo que al principio se practicaba con verdadero alborozo, como un arte noble de lucha de iguales.
Se advierte también una puesta en valor del papel de la mujer, que adquiere en la novela un tratamiento mucho más equitativo y reivindicativo de sus aportaciones, y no sólo como oficiante de una religiosidad ancestral dominada por la bondad y el sentido común. Las notas acerca de la autonomía de la mujer están diseminadas por toda la novela: capacidad de decisión; ellas eligen libremente marido e, incluso, se lo escogen a sus hermanos; generosidad y principios férreos; inteligencia superior; participación en la guerra y en los asuntos de la vida pública son rasgos caracterizadores de las mujeres astures, quienes llevan estoicamente los embarazos y dan a luz sin emitir un solo grito de dolor. La obra critica el maltrato, el sometimiento y la humillación, así como los enlaces por intereses de linaje o territorialidad. Hace una acre censura del patriarcalismo, sinónimo de debilidad mental, y desmantela la concepción religiosa de la mujer como ser pecaminoso e imperfecto.

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